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viernes, 1 de noviembre de 2019

¿Quién dijo miedo?

Dicen que la ansiedad es un exceso de futuro. Te obsesionas tanto con todo lo malo que puede pasar que acaba afectando a toda tu vida. Piensas en lo que no tienes, en cuánto te falta para alcanzarlo, en todas las cosas que tienes que hacer, en el tiempo que te queda, en la edad que tienes. 
En psicopatología he aprendido que la ansiedad no tiene porqué ser algo malo. Curioso, ¿verdad?

Uno de los mejores profesores que he tenido, el día de la presentación, dijo en clase (1º de bachillerato, yo tenía 19 años) que no nos agobiáramos, que aunque pareciera que no, todos conseguiríamos tener una casa, un trabajo, una familia e hijos el que los quisiera... y que al final todo no sería tan horrible como nos lo imaginamos. A mi esa frase me caló hondo. Pensé que tenía razón, que aunque parezca que no, al final todo llega.

He ido olvidando esa frase a lo largo de estos años, recordándola solo como algo vago y neblinoso. He dejado que el miedo me atenazara y las dudas me hicieran temblar.

Sin embargo, estoy en cuarto de carrera. Quién me iba a decir a mi aquel día de bachiller que yo acabaría una carrera, la carrera que tanto tiempo llevaba queriendo hacer. Quién iba a decirme a mi que tendría tantísimas cosas buenas a mis 28 años, quién iba a decirme a mi que después de todo lo pasado, sería tan afortunada. 
Porque es verdad, porque todo llega. 
Aunque pasen malas épocas, aunque a veces vuelva a pensar que todo es malo, aunque me centre en lo negativo.
Voy a terminar mi carrera, voy a conseguir un trabajo que va a gustarme, voy a ser feliz con mi hijo, en nuestra propia casa, con nuestros animales y nuestras normas, con nuestros momentos especiales. Voy a tener más hijos, ya sean naturales o adoptados, y si no los tengo da igual, porque mi José Manuel vale por diez. Voy a tener un piso decorado a mi gusto, voy a tener un futuro lleno de estrés, agobios, desesperaciones... pero también lleno de luz y de todo el amor del mundo. 

No sé si eso será dentro de dos años, de diez o de veinte, pero sé que será. Sé que no me importa estar sola, porque sola me basto, sé que no me importa que no crean en mi, porque yo creo, sé que me da igual tener momentos de ansiedad, épocas enteras de ansiedad y negatividad, porque después de esa tormenta, dentro de esa misma tormenta, está la calma que sé que me acompaña, que tengo en el fondo de mi misma desde que aprendí a quererme sola y a valorar todo lo que me rodea.

Hoy he pasado un día maravilloso con mi hijo, y eso es lo que quiero, lo único que me importa. Ser feliz, que él sea feliz, que estemos juntos.
Y eso nunca va a cambiar.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Crecer

Crecer es una mierda ¿no creéis?

Llevo tres días aplazando esta entrada, pero ya no puedo seguir absorbiendo los sentimientos como si no estuvieran, permitiendo que me exploten dentro.
El sábado murió mi tío Luis, hermano de mi abuelo, y con él se ha ido lo que me quedaba de esas ilusiones y esperanzas infantiles, con él se ha ido la Irene que fui hasta 2001, la que creció de golpe en 2004, la niña que amaba a su familia por encima de todo. 
Últimamente me he dado cuenta de golpe de que he crecido, que de pronto los 16 desaparecieron hace más de 10 años, que ya no soy una niña, ni siquiera una adolescente. De que tengo un hijo que ya tiene 7 años, que dejé la libertad de la juventud a los 20, que ya ha pasado más de un tercio de mi vida, que ya nunca volverán aquellos años felices yendo a ver funciones de navidad con mis abuelos, ni las salidas con Rocío a comprar el pan, que mi gata nunca volverá a trepar por mi pierna antes de entrar a la ducha para que la coja. 

Siento que he perdido todo lo que me unía con mi yo de niña. Ya no están mis abuelos, ya no está mi gata, ya no está mi padre, ya no está Cristina, ya no está mi tío. ¿Cómo se despide una de lo que la hizo ser quién es?
Tengo la sensación de que han sido demasiadas pérdidas de golpe, parece que mi abuelo ha vuelto a morir y que vuelvo a sentirme tan perdida y sola como cuando se fue hace diez años. Solo que al menos en aquel momento tenía a mi gata.
Diez años. Ya han pasado diez años desde que se marchó una de las personas a las que más he querido en mi vida. Y sé que hoy estoy aquí, que continué con mi vida, que seguiré continuando, pero, ¿por qué leches tenemos que perder a tantos seres queridos por el camino? ¿Por qué no podía ser mi gata inmortal? ¿Por qué no pudo mi padre tomar otras decisiones que le hubieran mantenido cerca y bien? ¿Por qué tuve que ser la más pequeña de mi familia y por lo tanto la que menos tiempo pasó con mis abuelos? ¿Por qué no pudo mi abuelo conocer a mi hijo? ¿Por qué mi tío Luis no podrá venir a mi boda?
Estoy harta de las pérdidas, estoy harta de crecer, estoy harta de las responsabilidades, las preocupaciones, las decisiones constantes. Tengo mucho miedo cada vez que pienso en José Manuel y en que todo lo que yo hago le afecta a él y a su futuro. Tengo miedo de hacerle daño. Tengo miedo de no conseguir mis metas. Tengo miedo de seguir perdiendo aún más.

Echo de menos a mi gata. La echo tanto, tanto, tanto de menos que a veces me duele respirar. Me da mucho miedo que empiece el invierno, porque no sé como se pasan los inviernos sin ella. La necesito cada vez que entro por la puerta, cada vez que me siento feliz, cada vez que rompo en llanto, la echo de menos cada vez que miro a su hija y la veo tan sola.
¿Sabéis en la mano de quién se durmió por primera vez? En la mano de mi tío Luis. Su casa en la Algaba fue la primera que mi gata pisó, pues cuando nos la regalaron iba con mis abuelos camino de ver a mis tíos en el pueblo. Tengo ese día grabado a fuego, a mi tío Luis con la mano en alto sin poder merendar porque la gata se había quedado frita y le daba pena moverla. A mi tía Encarni poniéndole un plato de leche en el suelo. A mi misma mirando a mi gata y a mi familia con adoración. 
Y ahora ninguno de ellos está. Ni mi tío, ni mis abuelos, ni mi gata. 
Ojalá mi tía Encarni aún esté mucho tiempo.

Echo de menos la risa de mi abuelo, esa risa maravillosa, ese carácter tan bromista, esa manía de ser tan pesado que hasta te enfadaba, y entonces al enfadarte se enfadaba él. Echo de menos sus arranques de cariño, su interés por mi vida y todo lo que yo hacía. 

Crecer es una mierda. 
Y aquí estoy, creciendo. Y aquí está mi hijo, creciendo también. Y hay seres queridos que han crecido tanto que se han ido. Y nos toca a los que nos quedamos seguir adelante sin ellos, recordándolos, pensando en ellos cada dos minutos, cada dos días, cada dos segundos. Y nos toca preguntarnos continuamente por qué, por qué tienen que ser así las cosas. Por qué no pudimos quedarnos en aquellos años donde todo era mucho más fácil, aunque en aquel momento no fuéramos conscientes. 
En 2001 yo tenía a mi gata, a mis abuelos, a todos mis tíos, a mi padre, a Cristina. Tenía hasta mi vista intacta. Yo en 2001 lo tenía todo, incluso aunque me martirizaran cada día en el colegio. 

No quiero seguir creciendo, no quiero seguir perdiendo. Necesito a mi gata, necesito a mi gata, necesito a mi gata, necesito a mi gata, necesito a mi gata, necesito a mi gata, necesito a mi gata. 
Han sido 18 años, 18 años sabiendo que si me sentía sola la tenía a ella, ahora me siento sola y ya no tengo nada, ya no viene a refregarse contra mi cuello. Ya no está mi abuelo para hacerme reír o rabiar. Ya ni siquiera está mi hermana para pegarme hablando con ella hasta las tres de la mañana.


Y ahora tengo que ser fuerte, secarme las lágrimas, serenarme, irme a dormir, levantarme mañana y seguir con mi vida, ayudar a mi hijo, estudiar, ir a clase, hacer epds, tomar la siguiente decisión, seguir creciendo. 
Pero ojalá poder parar el tiempo. Ojalá poder volver atrás aunque solo fuera un ratito, para abrazar más fuerte, para hablar más, para aprovechar más el tiempo, para disfrutar una vez más de sus sonrisas, de sus charlas, de sus ronroneos. 

Ojalá dejar de crecer sin que eso significara morir. Ojalá poder quedarte para siempre con las cosas y personas buenas de tu vida. 
Ojalá todos aquellos que ya no están aquí ahora estén disfrutando mucho allá donde estén, y se cuiden entre ellos, y nos cuiden a nosotros. 
Y ojalá nos ayuden a eso tan horrible e inevitable;
Crecer.

sábado, 20 de julio de 2019

Dolores de cabeza

Llevo dos días con un dolor de cabeza continuo. No se va, es perenne. A veces es más fuerte y otras más leve, pero siempre es constante, y me está amargando la existencia.
También estoy constantemente triste y apagada, sin saber porqué. Sé algunas razones, pero no son suficientes para la desazón que siento. No tengo ganas de hacer nada, de moverme, de pensar. 
Ojalá poder pasar el día a base de dormir y leer. Llevo 4 libros en 5 días, y me sabe a poco. Esta tarde iba a empezar el quinto y no he podido por el dolor de cabeza excesivo.

Me estoy quedando dormida mientras escribo, y solo deseo que esto pase pronto, porque creo que no puedo sobrellevar los sentimientos que me están llenando.

miércoles, 10 de julio de 2019

Mimi

Hace 18 años y medio mis abuelos me hicieron el mejor regalo que nadie me ha hecho en la vida. 
Fue en marzo de 2001, yo tenía 9 años, y en un mercadillo un señor me puso de golpe un gato en las manos y me dijo que me lo llevara. Yo insistí diciendo que no, porque mi madre no me dejaba, pero mis abuelos aparecieron y me dijeron que me lo llevara, que ellos se ocuparian de mi madre. El señor me dijo que era una gata y tenía 25 días, había nacido el 14 de febrero. Me la llevé super feliz y mi abuelo me preguntó "¿Cómo se le vas a poner?" y yo automáticamente dije "Mimi", porque ese nombre llevaba semanas rondando mi cabeza como un buen nombre para una mascota. Era el diminutivo de Miriam por el que llamaban a una compañera de clase.
Mi madre le montó un pollo tremendo a mis abuelos cuando llegamos y dijo "bueno, pero se queda solo hasta que se haga grande, después os la lleváis al campo" 

El viernes, tras los mejores 18 años de mi vida, se la llevaron con ellos, allá donde quiera que estén. 

Hace once años también se fue mi Babel, la perra que teníamos cuando Mimi llegó a casa, y que la adoptó como si fuera su hija. Mi gata lo pasó tremendamente mal cuando ella murió, y ahora me la imagino super feliz de nuevo con ella, con mis abuelos, con Onara y Micu, jugando con botes de lacasitos.

Han pasado 5 días y sigo sin saber como procesarlo, como aceptarlo, como seguir adelante sin ella. Siento su ausencia en cada rincón de la casa, y cada vez que entro y no la veo en el sofá el mundo se me viene encima. Por más que la busco no está en ningún sitio, y yo tengo que aprender a vivir con ello.
Estaba muy malita, y cuando dejó de comer y beber el veterinario nos dijo que lo mejor para ella era dormirla, y se durmió en mis brazos mientras la abrazaba fuerte, porque no quería que se fuera, porque pese a saber que el día tendría que llegar en algún momento, aun no estaba lista. Sigo sin estar lista. 
No he sido capaz de contárselo a nadie, de hablarlo con nadie. No soy capaz de pararme y explicar las razones su marcha, ni de decir cómo me siento. Porque todo eso lo hace real, hace que no pueda evadirme y pensar que no ha pasado, y que si bajo estará metida en el escurridor de platos o maullando para pedir comida.
Me duele el alma cada día, cuando me despierto y me doy cuenta de que su pérdida es real, no he dejado de tener pesadillas desde el viernes, y aunque intento continuamente hacer mi vida normal, y ser feliz, y disfrutar de cosas como aprobarlas todas, que mi hermana haya terminado la carrera, que todo vaya bien en general... por dentro siento que no podré volver a ser feliz, aunque sepa que seguramente sea una exageración.

No recuerdo lo que es vivir sin ella, no sé cómo se hace, no sé quien va a dormir conmigo en los inviernos, quién va a venir a consolarme cuando llore o esté triste, quién va a meter la pata por medio cada vez que esté comiendo. 
Lo único que pido es que de verdad exista el cielo, o una vida más allá, que me asegure que voy a volver a verla y estar con ella algún día, que ese abrazo no es el último que voy a darle, que va a volver a dejarme cicatrices y arañazos por todos lados.

Gracias por ser mi mejor amiga, gracias por acompañarme, por no dejarme nunca sola, por haberme ayudado a crecer, gracias por tus 18 años y medio de vida, por haber aguantado aún dos años desde que te diagnosticaron la enfermedad, gracias por ser el mayor apoyo que he tenido, y por mejorarlo todo solo con tu presencia. Espero haber sido para ti al menos la mitad de lo que has sido para mi, y nunca, jamás, podré olvidarte ni sustituirte, porque eres lo mejor que he tenido en toda mi vida, y nada ni nadie podrá igualarte.
Me quedo con tu huella tatuada en mi piel.

Te amo, aquí y en todas las vidas posibles. 



martes, 2 de julio de 2019

Estrellas Fugaces

¿Cómo desaparecen las personas de tu vida? Esas personas tan importantes, con las que tanto hablabas, que tanto sabían de ti... ¿cómo pasan a ser casi desconocidos?

Cuando hay una pelea, una discusión, un problema... es fácil de entender, es verdad que no siempre, pero al menos puedes encontrarle cierta lógica. ¿Pero y esas personas que simplemente desaparecen? Que cambian la conversación semanal por el silencio, que dejan un vacío que no se puede llenar porque ni siquiera sabes cómo se ha formado.

¿Y tu qué dices corazón?
Que no se me acomode el amor pa cuando estalle.
¿Y tu qué dices corazón?
Que me tiendas al sol en plena calle.
¿Y tu qué dices corazón?
Que el tiempo es la fragua que aprieta mis alambres.
¿Y tu qué dices corazón?
Que te calles, que te calles, que te calles.


Las echas de menos, sientes que te falta algo, pero no sabes cómo solucionarlo, no sabes cómo arreglar algo que no terminas de entender cómo se ha roto ni porqué. 
Y vuelves a sentirte responsable, el mundo se te viene encima y la presión en el pecho te ahoga. Otra vez. Como siempre. 
¿A cuántas personas tenemos que perder para dejar de aferrarnos a los que nos rodean?
Tenia que pasar, ¿no?. Tenia que romperme en algún momento, La situación acabaría por vencerme tarde o temprano, y, aunque he intentado evitarlo, al final es algo inevitable.

Claro que no puedo ver cómo todo se acaba
Te vas cuando todo llega y llego cuando tú te vas
Claro que depende todo de cómo miraba
Si el cielo tan solo es cielo, ¿por qué no puedo llegar?


Estoy tan cansada de todo que no se cómo me mantengo. Lo intento, y lo intento, y lo intento. Pero no sirve, al final nunca sirve. Al final queda lo de siempre, la frustración. 
Y las ganas de aislarme me superan. Las ganas de desaparecer, de no volver a hablar con absolutamente nadie. 

Puto Spotify, que parece que tiene el don de la oportunidad. 
Pero esta vez lo quito, no pienso hacerme mas daño si puedo evitarlo.

Normalmente cuando escribo termino con una decisión tomada, elijo qué camino seguir tras desenredar mis nudos. Pero esta vez no se qué decisión tomar, porque siento que ya lo intenté todo, que solo me queda aceptar la realidad. Y no quiero hacerlo, no quiero aceptar que he perdido de esta manera a tres de las personas mas importantes que ha habido en mi vida. Porque una parte de mi piensa que no las he perdido. Porque soy la imbécil que nunca pierde la esperanza.

Qué asco sentirse así. 


Acabo de pegarme como media hora llorando, y he acabado enviándole un mensaje kilométrico a Rocío por whatsapp. Aún tengo las gafas manchadas y los ojos encharcados. Y no sé si me arrepentiré, si podría haberlo hecho mejor, o diferente. Pero voy a terminarme el capítulo de Glee, quizá a leer un rato, y a dormir hasta que el cuerpo me lo pida.

Tengo examen el viernes y aún me queda mucho que estudiar.

Y sin embargo, se me dilatan las pupilas al verte, 
se me corta el aire si te tengo enfrente;
sólo pido que no tengas compasión, si aún me quieres.
Y mientras tanto me sobrevuelan las estrellas fugaces, 

y me suplican por favor que me decante, que ya no pueden desear por mi:
ni conmigo, ni sin ti.